Panticosa Circular Día 5: Pic Longue Vignemale – Bujaruelo

La 1:30. No puede ser. Quedan aún 4 horas de deambulo hasta la hora del desayuno. Huele a oxígeno gastado. En la cabeza se ha instalado el Vignemale entero. Cuento ovejas, cabras y leones. No cuaja. Demasiada tensión. Las 3:30. Hay un oso en la habitación común, roncando. Deberían separar a las personas de los osos, pienso. Mucho tiempo después empieza a haber jaleo de gente yendo y viniendo. Deduzco que es la hora de incorporarse.

Tras la decisión de Soraya y Pablo de no subir, el equipo que afrontará el Pic Longue del Vignemale será el formado por Raúl, Violeta y el menda.

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Este es nuestro itinerario:

Salimos a las 6:20. Lo justo para ver los primeros rayos de luz. Niebla. Hemos tenido tiempo durante la travesía para hablar largo y tendido acerca de la montaña en cuestión. Nos hemos preguntado varias veces si seremos capaces, o tendremos algún problema, o algún accidente. Ya nada de eso importa. Una vez elegido y aceptado el reto, la cabeza solo funciona para poner remedio a los obstáculos.20160713_072920

Bordeamos una ladera de la cara Sur para acceder por el glaciar de Ossoue. Nos encontramos una nieve dura. Perfecta para los crampones. Caminamos como descalzos en la playa. 20160713_072954

Compartimos objetivo con otras dos expediciones con las que vamos abriendo camino. Lo suyo sería dejar que vayan primero, puesto que nosotros no somos más que quien le trae el café al aprendiz, pero nos notamos fuertes. Tantos días con mochila pesada que nos la quitamos y nos faltan los grilletes, parece que volamos.20160713_073316

Nos sorprende la facilidad con la que estamos subiendo y notamos cierta euforia, aunque no hemos hecho más que empezar. Comentamos lo que se están perdiendo los compañeros que no vienen con nosotros.20160713_074455

Ganamos altura, y asistimos al primer gran espectáculo. Nos situamos por encima de las nubes. Esta puesta en escena se mantendrá durante toda la subida. Hice fotos porque creíamos que era necesario, a sabiendas de que ninguna podría recoger ni una milésima parte de la belleza del momento. 20160713_07520220160713_075219

Nos dejamos deslumbrar por la propuesta estética de glaciar y cielo. La luz entraba y salía a su antojo, haciendo malabares con los colores.

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En la parte final del glaciar de Ossoue hay hasta seis tresmiles accesibles, así que a medida que llegamos, y presos del momento eufórico, vamos pensando en cuáles serán los objetivos posteriores al Pique Longue.

—Pues podemos hacer el Montferrat y el Clout de la Hount, y después ya vamos viendo. —Se me podía escuchar, como en el cuento de la lechera.

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El mar de nubes permitían visibilidad a los picos más osados, y había una mole gigantesca por el Sur que no reconocía. —Pero qué coño será eso? —Después de un rato dándole vueltas, se concluyó que no podía ser otra cosa que el macizo del Monte Perdido. Buenos días, caballero. 20160713_08135920160713_082831

—Tó! Las grutas de Henry Russell. —Recordamos al pionero pirenáico.

—Y después podemos hacer el Cerbillonar, que es el que está al lado. —Se comentó.20160713_082853

Encaramos el mamotreto. No parece tanto. Las instrucciones del manual dicen que debemos llegar al punto donde termina la nieve, quitarnos los crampones y culminar con una trepada fácil.20160713_082905

Hay huecos y vértices que nos remiten a un vértigo del que ya casi no nos acordamos. Cualquier lugar a donde llevemos la vista nos parece imposible de asimilar. Somos conscientes de que no es un sueño, debemos prestar la máxima atención que seamos capaces. Sabemos que después todo quedará como un recuerdo fugaz de imágenes borrosas.20160713_083214

Al llegar a la trepada vemos una pirámide con roca descompuesta y, aunque tiene buenos agarres, algo no acaba de encajar. La inclinación… la pendiente es demasiado escarpada, tiene una caída prominente. Nunca se me ocurriría describir aquello como una “trepada fácil”. Y todos los blogs, los cientos de blogs que he leído sobre el tema, todos hablan de una trepada final fácil, nada más. Con lo cual tenemos que subir mucho más expuestos de lo que habíamos previsto.

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Voy abriendome paso, no hay indicaciones y voy por intuición. Mis compañeros me siguen. Lo único que nos da seguridad son los agarres, buenísimos. Pero al ganar altura el vértigo se hace fuerte. Empiezo a pensar en cómo demonios voy a bajar. Mirar atrás no ayuda nada. Las otras dos expediciones escogen nuestra trazada de entre todos los laberintos posibles, y eso nos tranquiliza. O igual están tan perdidos como nosotros. Eso no lo sabemos. En la parte final elijo ir por un tramo que parece algo más fácil. Violeta me sigue. Y cuando espero encontrar en el último paso un caminito balizado y con pasamanos me encuentro con una cresta tan afilada que me podía cortar las manos con ella. Del otro lado, el vacío. El vértigo es mío, me pertenece, me domina. Respiro fuerte.20160713_091141

Raúl lo vió mejor por otro lado y entonces nos quedamos cortados. Raúl se movía revoloteando como pez en el agua por la pendiente, y eso me ponía aún más nervioso. En la foto se ve el tramo que debíamos salvar. Uno de los del otro grupo nos dijo que había que acercarse a la cresta para cruzar. —A la cresta tu madre. —Pensé, o dije. 20160713_091144

Violeta vió todo el percal y se bloqueó. Con esfuerzo consiguió acercarse a mi zona. Compartíamos 15 centímetros de suelo inclinado. Volver atrás imposible. Y ahí se quedaron dos pollos sin cabeza, aislados y cortados. A Raúl y Violeta, hermanos de sangre, les dió por poner altavoz a sus nervios. Pedí silencio.

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A veces uno no tiene más remedio que enfrentarse a sus miedos para solucionar los problemas. En la montaña y en la vida. Así fue como volví a la cresta y miré al vacío, miré al vértigo a los ojos en tensa protesta. Así fue como me calmé y supe que saldríamos de esa posición sin problema.20160713_091150

El hombre que nos había aconsejado cruzar por la cresta, viendo la situación, nos prestó una cuerda roja, y se fue. Raúl, que se había sentido muy cómodo en todo momento, ató un extremo a una roca picuda. Del otro extremo tenemos que atarnos.

—Violeta primero.

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En un momento de gran tensión, sobre los 15 centímetros de suelo inclinado que compartía, me tocó hacer el nudo del ocho. En tierra firme, o en una tumbona, ese nudo sale sin problemas, pero allí los elementos no lo pusieron fácil. Afortunadamente me sobrepuse al momento e hice el mejor nudo del ocho que he hecho en mi santa vida. Violeta cruza la pared inclinada con solvencia, jodida pero contenta, aterrorizada pero sana y salva. Acto seguido voy yo, sin cuerda. Seguro o casi seguro. El vértigo, noqueado.20160713_092413

Raúl desata la cuerda roja y continuamos por la cresta. Una cresta de verdad, y no la autopista por la que pasamos en la cresta de los Infiernos.20160713_09242020160713_09242420160713_092426

Ya solo queda pegarnos a la ladera y vigilar los pasos. Violeta está temerosa, pegada al suelo. Raúl la ayuda, y poco a poco se quita el susto y se hace fuerte. Nuestros miedos vencidos.20160713_09280720160713_09281120160713_092812

Y en la cima, lágrimas. Como no podía ser de otra manera. Es nuestro el Pic Longue del Vignemale (3290m), saboreamos una mezcla de euforia, implosión y victoria.

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Bailamos sobre las nubes el tiempo necesario, sin prisas.20160713_09390720160713_09415920160713_094233

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La niebla nos da una tregua por el Oeste y conseguimos distinguir la cresta de los Infiernos por la que hemos pasado tres días atrás. Comenzamos a ser conscientes de la dimensión de  la travesía que hemos llevado a cabo. La altura nos da la necesaria perspectiva.20160713_094444

Iniciamos el descenso. No queremos perder de vista a los otros grupos, no siendo que la liemos. Sin embargo, el descenso se nos hace más sencillo de lo que habíamos previsto.20160713_094814

Nos calzamos los crampones y volvemos por nuestros pasos. Nadie habla de hacer otros picos. Se comenta, pero entra la risa. Se nos rompió el cántaro de tantos picos que queríamos hacer. Nos llevamos uno, y damos gracias.

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De vuelta asistimos de cerca al espectáculo del Piton Carré (3191m), una increíble punta con perfecta forma piramidal y caída directa a la nada. Preciosa.20160713_102720

Preciosa pero nos hacemos las fotos desde abajo mejor.20160713_10273220160713_102820

De vuelta al refugio Pablo y Soraya nos dan un caluroso recibimiento. Comemos y comentamos la experiencia.

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Entro en el refugio a preguntar por la distancia a Bujaruelo, siete horas me dicen. No jodas. Bueno, cinco si vais rápido, reculan. Venimos del Vignemale, dije. Pues os queda un trecho.IMG_20160713_130511

Al salir mi cara es un poema. Toca paliza. Raúl comprueba la ruta en su GPS, se lleva la mano a la cabeza y su cara se convierte en una antología de poemas del 27. Emprendemos el descenso. IMG_20160713_131538IMG_20160713_132524

El caminito entre barrancos que nos toca es maravilloso. La panorámica hacia la presa de Ossoue es sensacional, de las mejores estampas de los Pirineos, con la Brecha de Rolando siempre visible.IMG_20160713_134750IMG_20160713_135914IMG_20160713_140312

Invertimos una hora y media y llegamos a la presa. Descansamos, nos bañamos y nos lamemos las heridas. Hay prisa. Son las 15 y nos esperan en el refugio de Bujaruelo con unos chuletones que hemos reservado. IMG_20160713_142903IMG_20160713_164359

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El cansancio se hace evidente y las rodillas agonizan. Empleamos otras dos horas en ascender hasta el Ibón de Bernatuara. Casi no podemos levantar la mirada. Caminamos como fantasmas sonámbulos. Nos imaginamos la cena caliente que nos espera y eso nos da fuerzas. Por el camino nos cruzamos con la mítica cabaña de Lourdes, que en realidad nos pareció un chaletito que incluso tenía ropa tendida. No nos mereció ni una mísera foto.

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Al cruzar el Ibón volvemos a España. El Pico Mondarruego se nos presenta y nos da la bienvenida. Estamos en casa. Caemos hacia el valle de Bujaruelo. El Vignemale ya es un vago recuerdo. Lo recordamos como un sueño. Parece mentira que hayamos estado allí.

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Y por fin. Celebramos el día con una “cena especial” a cargo del refugio de Bujaruelo. Nos compensó todas las penas de la jornada.

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Se dice que esa ducha y esa cena, las que acontecieron en el refugio de Bujaruelo aquel día, fueron las mejores de nuestra vida. Y del sueño posterior, solo decir que los ángeles no pueden dormir tan bien.

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